Era la primera vez que estoy en esa pequeña y calurosa ciudad, así que camino sin rumbo fijo por la vereda de una de sus avenidas. Después de la jornada de trabajo, busco un lugar para tomar un café, organizar mis ideas y descansar. A mi paso, encuentro una pequeña cafetería, un ventanal grande y unas bonitas mesas y sillas de madera, cual me motiva a entrar.
Elijo una de las mesas junto al ventanal y, mientras la mesara me explica el menú, en la mesa de al lado se sientan dos mujeres. Una joven, con un semblante delicado y risueño, de tez blanca, de contextura delgada y de pequeña estatura. Calculo que tiene alrededor de 20 o 25 años y la otra mujer, que debe tener entre 50 o 60 años, es más robusta, alta, de tez morena, mucho más seria, con un semblante endurecido quizá por el sol y cabello rizado, muy rizado.
Están bastante cerca de donde me encuentro sentada y puedo escuchar toda su conversación. Por el tipo de diálogo, entiendo que se trata de una entrevista y que la muchacha más joven era la entrevistadora.
Mujer joven: “Gracias Blanca por su tiempo”, le dice, “para nosotras son muy valiosos sus aportes en este tema”.
¡La señora se llama Blanca! Pensé.
Blanca, mientras escuchaba lo que la muchacha le dice, a pesar de su semblante duro, la mira con ternura y amabilidad natural.
Mujer joven: “Blanca, cuénteme ¿cuáles son sus principales aspiraciones como emprendedora en la actualidad?”
Blanca: “Darle valor agregado al cacao que producimos en nuestra finca”, responde, “transformarlo en chocolate para darle mejor precio. Vender el cacao en bruto el valor no compensa, niña. Nos pagan poco, el trabajo en el campo es duro, a mi me gusta, pero no compensa todo el trabajo que tenemos que hacer para conseguir que sea un buen cacao. Es duro, niña”, repite.
Mientras Blanca responde, la joven muchacha, anota cuidadosamente en una libreta roja lo que su entrevistaba le cuenta. ¡Qué velocidad! pensé yo.
Muchacha joven: “Ah, entiendo, Blanca”, dice, “y frente a esto que me cuenta, ¿cuáles considera usted que son las principales necesidades y obstáculos que enfrentan las mujeres emprendedoras?”
Blanca responde con mirada triste: “Hay niña, hay muchas necesidades. Por ejemplo, es complicado movilizarse y salir a la ciudad, ya sea para vender nuestro producto o para asistir a alguna capacitación, y a mi si me gusta aprender”, recalca. “Pero mi finca está lejos de la ciudad, tengo que viajar entre ir y volver, mínimo 5 horas; la inseguridad por la delincuencia si es un problema y una gran preocupación, ya no se puede estar tranquila en ningún lado. Además, salir representa dejar desatendida la casa y la familia durante todo el día.”
Mientras estaba absorta en la charla de las dos mujeres, la mesera llega con mi café y un rico bizcocho, por lo que perdí el hilo de la conversación. Lo que si noto es que la mujer mayor, Blanca, ahora tiene un semblante más suave.
Muchacha joven: “Blanca, ¿le gusta tener su emprendimiento? y ¿qué aspectos disfruta más? Cuénteme.”
Blanca: “Claro que sí niña”, responde con una leve sonrisa. “El día que nos toca procesar el chocolate, nos reunimos todas las compañeras de la asociación que participan en el emprendimiento, nos permite compartir y ayudarnos para sacar el producto.”
Mientras batimos, blanqueamos, ponemos el chocolate en los moldes y luego en las cajitas, también nos reímos, a veces nos contamos los problemas de la casa, así nos apoyamos unas a otras. También hablamos de cosas del emprendimiento, por ejemplo, damos ideas de cómo mejorarlo, de cómo mejorar las ventas, de nuevas presentaciones para los chocolates. También tenemos la idea de vender la pasta de chocolate, es más rentable y requiere menos trabajo. Eso es lo que soñamos. Pero no es fácil, niña, no siempre hay compradores para nuestro producto y vendemos poco. Algunitos que no conocen de la calidad de nuestro cacao, del cuidado que ponemos en hacer los chocolatitos, no quieren pagar lo que realmente cuesta y menosprecian nuestro trabajo.” Y su rostro se entristece de nuevo.
Muchacha joven: con mirada triste le responde, “qué duro Blanca”, y hace una pausa de un largo silencio antes de preguntar: “Blanca, ¿me puede describir un día típico en su vida como mujer y emprendedora, desde que inicia, hasta que termina su día?”
Blanca: “¿Un día completo?”, pregunta.
Muchacha joven: “Si, Blanca, desde que abre sus ojos en la mañana hasta que ya termina todas sus actividades y cierra sus ojos para ir a dormir.”
Blanca: “¿En la finca o en la casa?”, vuelve a preguntar.
Muchacha joven: “En ambos casos, Blanca, es decir, descríbame cuando va a la finca, otro cuando se queda en casa y otro cuando va al emprendimiento.”
Blanca: “A ver”, dice algo pensativa. “De domingo a jueves voy a la finca. Me despierto antes de las seis de la mañana, agradezco a Diosito por un día más de vida, me levanto, me aseo, hago el desayuno y el almuerzo para toda la familia, como algo y guardo la parte del almuerzo para llevar. Luego, salgo a la finca. Allí tengo que atender a los animales y luego ir a la cosecha. Alrededor de la una y media de la tarde, almuerzo rápido y nuevamente a ver los animales, regar las plantas en el vivero y a regar los árboles. Si hay tiempo, voy al río a tomar un baño. Llegamos a la casa casi entrada la noche, comemos algo y a veces veo una novelita, aunque casi nunca termino el capítulo, el cansancio me hace quedarme dormida.”
Los días que no voy a la finca, viernes o lunes. Una semana salgo a la ciudad para ir a talleres o reuniones, ya que soy la representante de la asociación. Pero creo que este será mi último año, ya estoy algo cansada. La siguiente semana, voy al laboratorio, donde todas las compañeras nos reunimos. Preparamos la producción de la semana y nos repartimos la cantidad cajas de chocolate que nos toca vender a cada una. A veces, no logro a venderlas todas y tengo que poner de mi propio dinero. Es duro niña”, repite.
Muchacha joven: “Blanca ¿qué siente sobre lo que nos acaba de contar?”
Blanca: “En primer lugar, me siento bendecida y feliz porque usted niña, me ha tomado en cuenta para compartir lo que siento y lo que hago. Sabe, muchas veces nos dicen que no sabemos, no se nos considera para hacer las cosas, nos dicen que las mujeres rurales solo trabajamos para ser pobres, que no vamos a poder producir y vender más. Eso a mí me pone triste. Nosotras hacemos nuestros productos con mucho cariño y cuidado. Nuestros productos son sanos, libres de químicos. Pero si es difícil competir con la industria.”
“Este emprendimiento que tenemos con nuestras compañeras me ha dado la oportunidad de aprender, de compartir con mis compañeras de la asociación y de participar en ferias donde he conocido a otras compañeras y otros productos de distintas provincias.”
Al escuchar sus palabras, el corazón se encoge. El sentimiento y desazón con la que habla llega a dolerme. Siento el abandono y la falta de consideración que ella y mujeres como ella continúan enfrentando.
“Pero sabe, niña, siento que debemos mejorar en el cómo nos llevamos las mujeres. Aún nos causamos muchos problemas.”
Muchacha joven: “¿A qué se refiere Blanca? ¿Me puede explicar más?”
Blanca: “Si, claro niña. Es que nos criaron con muchos tabús, nos dijeron que las mujeres no deben hacer esto o aquello, que no puede hacer esto otro. Muchas veces, hablamos mal de las compañeras entre nosotras. Necesitamos aprender que cada una puede hacer sus cosas y que nadie puede hablar mal o tratarnos mal por ello, al menos entre mujeres. Con los hombres es diferente, pero si empezamos a apoyarnos y a no juzgarnos entre nosotras, entre todas podríamos defendernos mejor.”
“Además, nos enojamos por cualquier cosa. Si otra compañera reclama o plantea una queja, muchas se ponen bravísimas y se pelean. Eso daña nuestra organización en el emprendimiento. Pero no es que no queramos hacerlo, simplemente creo que no sabemos cómo hablar ni cómo conversar de manera amable. Eso se puede aprender, ¿verdad niña?”
Muchacha joven: “Claro que sí, Blanca. Eso se puede aprender a cualquier edad. Lo importante es que la persona quiera aprender.”, responde.
Al final, la conversación me absorbió tanto que mi café se enfrió y perdí noción del tiempo. A pesar de que tenía un gran interés en saber que más sobre esta interesante tertulia, aún me esperaba un largo camino por recorrer. De mala gana, tuve que salir y dejar atrás esta agradable charla entre dos mujeres, que, a través de su conversación, trasmitieron anhelos, esperanzas y sueños de mujeres que sueñan y trabajan para cada día ser mejores.
Cuántos ingredientes intangibles se esconden detrás de una barra de chocolate, pensé mientras caminada hacia mi próximo destino. La inversión del tiempo y energía que estas mujeres ponen en su producción es incalculable, pero muchas veces no se valora. Así, mis pensamientos se fueron dispersando en medio del ruido de grandes camiones cargados de cacao y las ilusiones de muchas mujeres, que sueñan y trabajan por un mejor futuro.
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