La jarra de barro, “el muchacho” que sostiene el “chucho”, el sonido de la tetera que anuncia que el agua está en la ebullición perfecta y obviamente el fruto café molido, son los ingredientes protagonistas del inicio de cada día. Cada cucharada del polvo mágico café, va cayendo en el espacio cilíndrico que nosotros en mi ciudad llamamos “chucho”, para así iniciar la preparación del delicioso café.
Ha, pero eso sí, no es cualquier café, su magia empieza desde su origen, para mí no hay mejor café que el del Sur, el que procede de la tierra más linda de la tierra, mi pequeñita ciudad. Imaginar cada planta llena de los brillantes frutos rojos, las manos expertas y amorosas de quienes las cosechan, la dedicación y cuidado en su tueste, secado y procesamiento, es lo que le agrega sabor y calidad a esta increíble bebida.
El ritual comienza al dejar caer el agua con delicadeza; primero lenta y suavemente, para lograr que de cada diminuta partícula de café brote su esencia y ese aroma envolvente que me embriaga. El agua continúa deslizándose, para extraer el endulzante y mágico elixir café, en un siguiente momento es necesario que el agua caiga con fuerza sobre la sustancia viscosa en la que se van transformando los granos de café y así sucede la mágia, se produce la alquimia perfecta para obtener la consistencia perfecta, el amargo y la acides justa. La jarra de barro tiene la grata función de contener el preciado líquido, al recibir y almacenar en su panza la extraordinaria bebida.
La casa entera se empapa de un aroma embriagador gritándoles a todos sus habitantes, que el día inicia, que la casa tiene vida. Uno a uno, se van acercando atraídos por su sugestivo llamado. Beber y abrigase el alma con cada sorbo de café, es la forma de sentirse parte, es la forma de demostrar amor, el amor incondicional que se comparte y transmite a través del aroma que proviene de cada taza de café. Cada sorbo abriga el alma, despierta los sentidos y es el pretexto perfecto para sonreír y agradecer cada mañana por la bendición de tenernos y querernos.
Para mí, cada mañana, la preparación del café se convierte en un acto de gratitud por la bendición de compartirlo con seres queridos. Así, el café representa en un símbolo de unidad, amor y aprecio por las cosas simples de la vida, recordándonos que cada sorbo es una razón para sonreír y agradecer.
Así que ahora ya sabes, si te llego a ofrecer una taza de café, no es un «simple café«, te ofrezco cariño, te ofrezco agradecimiento, te ofrezco esencia y un pedacito de mi vida.
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